De Dinamarca a Cundinamarca: problemas en la actual convocatoria de MinCiencias

De Dinamarca a Cundinamarca: problemas en la actual convocatoria de MinCiencias

La actual Convocatoria Nacional para el Reconocimiento y Medición de Grupos de Investigación, Desarrollo Tecnológico o de Innovación y para el Reconocimiento de Investigadores del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, genera malestar y preocupación en las instituciones de educación superior.

La Convocatoria tiene como fin medir la ciencia producida en el país en los últimos años. Para las universidades, este es un asunto crucial, ya que de esa evaluación dependen su prestigio y la posibilidad de mantener o abrir programas académicos, y de acceder a los recursos para la investigación en el país, entre otros aspectos. Si bien estas evaluaciones no son nuevas, y gracias a ellas se han hecho logros en la calidad, la visibilidad y la profesionalización de la investigación en el país, algunos de los términos de esta nueva convocatoria son desconcertantes.

Son numerosos los puntos controversiales de la convocatoria; entre ellos, sin embargo, solo nos centraremos en los relacionados con la valoración de los libros académicos. El primero de estos puntos que suscitan debate es que la evaluación será retroactiva; es decir, se aplicarán criterios establecidos en 2021 para la producción académica de 2020 hacia atrás. Es como si las reglas se impusieran una vez acabado el juego.

Nuestra intención, como editores universitarios, es indicar algunos de los que consideramos errores e imprecisiones en las definiciones que la convocatoria hace de los diferentes tipos de libros y advertir que el peso que se les da a los libros genera algunas de las malas prácticas que, se supone, la convocatoria está llamada a subsanar. Sin embargo, debemos resaltar que, a pesar de presentar solo análisis acotados al mundo del libro, en el fondo buscamos demostrar que es necesaria una revisión integral, deliberante e incluyente de toda la convocatoria.

En esta primera entrega, de tres, advertiremos el primer gran inconveniente de la convocatoria. Su punto de partida es el que ha imperado desde hace años, auspiciado por las grandes editoriales académicas comerciales del mundo, y no atiende a la reconocida complejidad de la evaluación de ciencia.

En el mundo existen numerosos debates en torno a cómo medir la ciencia, un tema que suele ser bastante controversial. La vía usada con mayor frecuencia ha sido la bibliométrica, la cual, más allá de las consideraciones estadísticas, puede definirse como la posibilidad de medir el impacto del trabajo de un investigador contando las citas que se hacen de sus publicaciones; estas citas dependen, en buena parte, del tipo de publicación donde se encuentren. Estos indicadores han sido construidos por emporios editoriales, comerciales y académicos, con un marcado énfasis en solo algunas disciplinas y pensados para comunidades científicas del primer mundo, que escriben y publican fundamentalmente en inglés.

Para el caso colombiano, esta es la propuesta implementada desde hace varios años, pero presenta problemas estructurales que exigen revisión y atención por parte de toda la comunidad académica.

Siguiendo ese modelo, una universidad, por ejemplo, después de pagar por la investigación que hacen sus grupos, debe pagar también, en algunos casos, a alguna de las revistas “mejor calificadas” para que los resultados sean publicados allí y la investigación pueda quedar incluida en las bases de datos a partir de las cuales es posible medir su impacto. Esta dinámica lleva a que las universidades paguen nuevamente para que sus comunidades académicas tengan acceso a esas revistas y lean por lo que ya pagaron al hacer y al publicar. Así, gran parte de los recursos que deberían ser invertidos en investigación son destinados a la publicación y al registro en las bases de datos. Esto exige un debate ético lo más pronto posible. En el mundo se están llevando a cabo los denominados “acuerdos transformativos”, que permiten una negociación menos subordinada a los intereses económicos de los grandes grupos editoriales.

Este caso es solo una evidencia de la necesidad de construir modelos de medición que tengan en cuenta, desde el principio y de manera central, las condiciones propias del país, la diversidad de disciplinas científicas que evalúan y el reconocimiento del español como lengua académica, entre muchos otros aspectos. Además, a nivel internacional, los cambios en las políticas de evaluación, integrando principios de Ciencia Abierta y de ética en la investigación, son muy destacados. No resulta conveniente omitir las nuevas prácticas de evaluación, que están influidas por lo que se espera de la ciencia ―y no de lo que la ciencia espera grandes emporios editoriales con intereses menos científicos que comerciales―, aplican investigaciones para reconocer las comunidades académicas nacionales y regionales, consideran el prestigio percibido por los investigadores relacionados, contemplan las trayectorias históricas, las necesidades particulares y los recursos a partir de los cuales se produce conocimiento en un territorio concreto. Esto es: intentan fortalecer a Cundinamarca y no la juzgan  ―de manera delirante― como si fuera Dinamarca.

Esta quizá sea la crítica más general, sin embargo, en lo relacionado particularmente con la medición y evaluación de los libros, el modelo presenta graves errores en la definición de la producción publicada en este formato y estimula en gran medida las malas prácticas.
En las dos próximas entradas nos ocuparemos de ellos.

 

Este espacio es posible gracias a

Red de Ciencia e Innovación

*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

Compartir
0
Preloader
  • Amigo
  • Lector
  • Usuario

Cargando...

Preloader
  • Los periodistas están prendiendo sus computadores
  • Micrófonos encendidos
  • Estamos cargando últimas noticias