De la pretensión moralizante y otros demonios

De la pretensión moralizante y otros demonios

Si hay un tema que me ronda en la cabeza —cada vez que leo columnas— es cómo la opinión se ha ido transformando en una suerte de intento de decirles a las otras personas cómo vivir e incluso cómo pensar. Admitamos que, en medio de las reivindicaciones actuales, tenemos que entender que hay asuntos que son inadmisibles en una sociedad que intenta ser democrática y que no está para nada mal recordar que no todo vale.

Sin embargo, es tremendamente distinto hacer advertencias sobre asuntos que ponen en jaque la posibilidad de convivir en una sociedad que se reconoce cada vez más diversa; pensar que las creencias personales son ejemplos inequívocos de cómo actuar, qué comer, qué prácticas espirituales abordar o —peor aun— pensar que cada uno de nosotros tiene la receta perfecta para ejercer la ciudadanía que nos demandan estos tiempos complejos.

En este sentido, creo muy necesario que nos cuidemos de las reivindicaciones que terminan siendo solo de una élite que le dice a los otros cómo deben hablar, sentir o pensar. Desde luego, hay líderes sociales que nos ayudan a anticipar miradas de futuro, pero hay que tener especial cuidado con las reivindicaciones que hacemos desde el escritorio y que se quedan más en un constructo que en una capacidad realizativa para transformar, incluir y movilizar.

Para poner en contexto lo anterior quiero dar dos ejemplos. 

Una intensa campaña en redes, contra las empresas y colectivos que han puesto sus logos con los colores que representan el #Pride, muestra a un grupo de críticos que afirman que el orgullo de la diversidad sexual no es un asunto institucional, sino de la población Lgbt+. Yo —al contrario y con las reservas evidentes de celebrar cualquier fiesta con fines comerciales— creo que las reivindicaciones son un asunto de todos y todas. Celebro que bancos, alcaldías, colectivos sociales o entidades ambientales se vistan de colores para naturalizar las diversidades.

Las reivindicaciones no pueden ser un asunto de los colectivos que abanderan las luchas, sino que deben volverse temas sociales, de reflexión abierta y amplia difusión. Así, en el mismo sentido, no podemos seguir pensando que el feminismo es un asunto solo de mujeres, ¿acaso los hombres no debemos deconstruir nuestras masculinidades para crear ambientes horizontales y equitativos?

Un segundo ejemplo, que siempre uso, tiene que ver con las columnas de opinión en las que los autores nos definen enérgicamente —y con un tufillo de gurús— qué prácticas debemos tener a la luz de sus propias experiencias. Creo firmemente que en un mundo diverso como el nuestro no a todos nos funciona el yoga o no todos podemos acceder a los libros o conferencias que leen los influenciadores, más aún en una sociedad que no logra mantener a los más chicos en el sistema educativo.

Dicho de forma más simple: una cosa es expresar las opiniones y otra creerse la parábola hecha carne. Tanta pretensión en creer que la vida propia es ejemplarizante y que las decisiones individuales son los caminos que le sirven a todos. De esto también se trata la educación: de no querer imponer un estilo de vida, sino ampliar la reflexión para que cada uno —en un ejercicio de libertad individual— pueda tomar sus propias elecciones.

*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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