OPINIÓN

Marchamos por el centro

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Cuando la India Catalina tenía 14 años fue secuestrada por españoles para servir como intérprete de sus tropas. Era el principio del siglo XVI, y la tribu Calamarí habitaba las tierras que ahora son Cartagena y sus alrededores. Catalina rápidamente se evangelizó y como compañera sentimental de Pedro de Heredia, nuestro fundador madrileño, le dio la espalda a su pueblo e hizo parte de las campañas de “pacificación” que acabaron casi por completo con la población indígena de estas tierras.

Catalina tiene una estatua en el Centro Histórico de la ciudad, pero por supuesto, afuera de la muralla. Está justo al lado de un cuerpo de agua que huele a pescado podrido, Puerto Duro, en el punto donde se encuentra el norte con el resto de la ciudad. El sitio donde cada días, a eso de las 5 de la tarde, miles de cartageneros se reúnen para dejar a un lado su vida laboral en la zona histórica y turística de la ciudad, para volver a sus convulsos barrios desordenados. Justo ahí comienza el caos entre buses, motos y el Transcaribe.

Ayer, sin embargo, a esa hora y en ese lugar, justo a los pies de quien en otra época se dejó amansar, un grupo de más de mil estudiantes se reunió con la firme determinación de cambiar la historia. Jóvenes de la sociedad civil y de universidades como la Universidad de Cartagena, la Universidad Tecnológica de Bolívar y la Universidad Tadeo Lozano, hicieron un pacto de no agresión, dejaron sus ideas políticas a un lado y decidieron marchar juntos por la Avenida Venezuela en nombre de la unidad, pidiendo que haya un Acuerdo (de Paz con las Farc) YA. Cartagena se sumó al llamado nacional, una Marcha del Silencio que unió a las grandes ciudades del país y que solo en Bogotá convocó a más de 30 mil personas.

Esos cientos de chicos no tenían ganas de ser políticamente correctos, ni querían dejarse llevar por la corriente. Ellos querían ser escuchados. Así que cuando el líder convocante de la marcha, Pablo Alandete, pidió marchar por la acera para no alterar el orden público, la gente dijo: No, marcharemos por el centro porque queremos que nos sientan.

Después de seis años de negociación, de un cese al fuego bilateral, de la firma de un acuerdo  de paz con las Farc, de un huracán que evitó la votación de una gran parte de la población Caribe y a pocos metros de que entrara en vigencia el evento más importante que hemos podido presenciar en nuestras vidas, asuntos tan distantes para los cartageneros, como la enemistad entre el expresidente Álvaro Uribe y el presidente Juan Manuel Santos, están por dilatar el comienzo del fin del conflicto armado. El único recurso que nos queda es la manifestación social, un derecho establecido en el artículo 37 de la Constitución, que se debe hacer efectivo las veces que sea necesario hasta que los de traje y corbata en Bogotá hagan cumplir un acuerdo.

Por ahora tenemos otra oportunidad para salir a marchar hoy. El grupo Si Paz Bolívar ha convocado un nuevo plantón a las 4 de la tarde en la Plaza de la Paz. Otro plantón que hablará fuerte y sin miedo sobre lo que esperamos del Gobierno que escogimos para que hiciera la paz.

Durante la marcha de ayer, muchos de los viejos revolucionarios de otras épocas se enfurecieron porque los chicos se bajaron del andén y marcharon por la calle. Entonces abandonaron la protesta y se fueron a dormir. Pero de pronto sea eso lo que necesitamos: salir de viejos yugos sociales que, como camisas de fuerza, nos dicen qué es lo adecuado y lo correcto.

Acá no necesitamos estar dentro de los márgenes. Lo que necesitamos son esos pulmones de hierro, esas ganas incontrolables de caminar hacia delante, ese deseo imposible de amainar que tienen de escribir la historia que queremos, sin armas, llenos de ideas. Ayer vi a un montón de chicos dispuestos a derrumbar estatuas, que nos dejaban saber a todos entre cánticos rebeldes que en la ciudad no se volverá a santificar a quien por miedo a ser “pacificado” por las armas, se venda al mejor postor. Ya no más. 

Crédito de las fotos:  Akiro Palacio.

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