"Las imágenes en Colombia, a la luz de lo que vi en Venezuela, son un déjà vu"

Foto: Marcela Becerra / La Silla Vacía.

En un país en el que la amenaza del ‘castro-chavismo’ sirvió para llevar a Iván Duque al poder, y seguramente servirá para impulsar a su sucesor, es muy poco lo que se sabe realmente sobre cómo opera el chavismo.

En su libro “Los restos de la revolución”, la periodista Catalina Lobo-Guerrero reconstruye el desmoronamiento del vecino país a partir de su trabajo como corresponsal en Venezuela durante muchos años.

Es un libro que está escrito a punta de reportería y no de ideología, y que por lo mismo, permite entender la tragedia de un país que, poco a poco, fue eliminando los contrapesos del poder; que fue viendo cómo el chavismo fue cooptando la justicia, el periodismo y las Fuerzas Militares hasta que no quedó sino el hambre y la represión.

Es un libro que también muestra muchos paralelos con lo que vivimos hoy en Colombia, pero quizás no en los términos en los que lo plantean los que promueven el miedo a convertirnos en la próxima Venezuela.

Esta es la entrevista editada con Lobo-Guerrero:

L.S.V.  La Silla Vacía

C.L. Catalina Lobo-guerrero

L.S.V Usted arranca el libro con la muerte de Chávez. ¿Qué tipo de persona realmente era él?

C.L. Yo lo conocí ya en su etapa final. El Chávez que conozco es un hombre que se niega a dejar el poder, a pesar de estar muriéndose. Su ambición de poder y sus ganas de hacer una revolución eran tan fuertes, que eso estaba por encima de todo.

Y el proyecto de él, por más de que dice que era una revolución bonita, pues al final era él. El chavismo era Chávez.

Los venezolanos tienen una frase y es que Chávez era la “tapa del frasco”. “La tapa del frasco” es como la última Coca-Cola del desierto. Es una metáfora buenísima porque todas las miradas siempre se concentraron en la tapa, en el empaque. Era un empaque “rojito brillante”.

Y dentro Venezuela y lo que era esa revolución siempre sucedieron muchas cosas que fueron opacadas por la figura de él, por su personalidad histriónica, por su puesta en escena, porque era un gran show man.

En el momento en que sale esa tapa, también salen muchas de las cosas que estaban macerándose en el interior de ese frasco.

L.S.V. ¿En qué consistía realmente esa revolución? ¿Era la misma de Fidel Castro?

C.L. Sin decir que Chávez se copió de Fidel, hay unos paralelos interesantes, al utilizar a esos héroes de la primera patria.

Chávez busca continuar lo que interpretaba como una revolución truncada. Así como en Cuba con Martí, en Venezuela con Bolívar el discurso es que ese sueño de la patria grande que tenía Simón Bolívar, Chávez lo va a terminar en Venezuela, que es un país que siempre rindió culto a la figura del libertador.

Chávez se plantea desde el principio volver a resucitar eso, y lo termina haciendo. Decidió abrir la tumba una noche y hacer una exhumación del cadáver para tratar de demostrar que Bolívar fue envenenado. Y que él casi que que viene a vengar a los enemigos de Bolívar del pasado. Eso, como historia y narrativa, por supuesto, es fascinante.

L.S.V. ¿Y en qué consiste esa revolución?

C.L. Tuvo muchos cambios. No es que haya sido un proyecto planeado desde el principio y ahí también hay muchas teorías sobre eso.

Hay gente que dice “desde el principio tuvo un plan socialista, camuflado, escondido, pero nunca fue honesto con nosotros”. Pero hay quienes dicen que no.

Hay una frase que me dijo un diplomático que conocí en Caracas, que nunca se me olvidó, y es algo así como “el chavismo no hubiera sido lo que fue, si hubiera tenido una oposición distinta”.

La forma como ese proyecto político se va juntando también es una reacción y un acomodamiento a la reacción del otro lado, a quienes son sus adversarios.

Hay videos de cuando le preguntan a Chávez en campaña si es socialista, y dice que no. Y después dice que es más de la línea de la tercera vía, y luego en 2006 empieza a decir que sí, que llegó a la conclusión de que es lo que hay que hacer en Venezuela.

Pero igual es un socialismo muy curioso, porque el modelo de Venezuela es el rentismo petrolero. Es un socialismo a la venezolana, como el comunismo fue en Cuba un comunismo a la cubana. No todas esas fórmulas son iguales en todas partes. Porque ahí está también la idiosincrasia y la historia de cada país.

L.S.V. Cuando usted dice que el quiebre en Venezuela comenzó con el Caracazo en el 89 —un estallido social que no había existido antes— no puedo evitar pensar en lo que está pasando ahora en Colombia. ¿Por qué fue el punto de inflexión?

C.L. En Venezuela también se venían acumulando muchos factores, una desconfianza enorme que iba creciendo hacia los partidos políticos y hacia las instituciones.

Y por otro lado, había también un mayor cuestionamiento, desde distintos sectores de la sociedad civil, sobre cómo se repartía la renta petrolera.

Cuando los precios del petróleo se caen después de una bonanza durante los años 70, llega la primera devaluación del Bolívar. Finalmente, eso estalla en el 89.

Aquí fue una reforma tributaria. Allá la mecha fue un alza de las tarifas del transporte, el primero de varios ajustes económicos.

Cuando estalla eso, el presidente Carlos Andrés Pérez lo interpreta como una venganza de clase, y muchos de los historiadores y sociólogos que yo consulté sobre ese momento decían que el presidente se equivocó en esa interpretación: nunca atacaron a los barrios ricos, no hubo saqueos de las tiendas más lujosas, fue una reacción muy distinta. Lo que atacaron fueron las carnicerías de los barrios, los locales, las tienditas de los chinos, de los portugueses. Era un estallido de rabia.

Me da miedo decir que lo que pasó en el 89 es lo que está pasando ahora en Colombia, porque hay muchas diferencias. Pero en Colombia también ha habido un proceso de pérdida de confianza en las instituciones, en los partidos políticos, en los líderes políticos, en los medios de comunicación.

Y la reacción en ese momento fue sacar al Ejército a disparar. Se insistía también que las Fuerzas Armadas tenían que tener más preparación y eso tiene un coletazo.

L.S.V. ¿El estallido en Colombia, con ciertas diferencias, en qué le hace pensar en el de Venezuela?

C.L. Me hace pensar, sobre todo, en ese proceso de pérdida de confianza y de que las instituciones ya no sirven.

Y lo que viene después del Caracazo es mucho peor. El Caracazo sucedió en el 89, pero en el 92 tienes dos golpes militares. Uno, que es el de Chávez, en febrero. Y otro en noviembre, esta vez protagonizado por pilotos de la fuerza aérea que bombardearon zonas de Caracas.

Finalmente viene un proceso de destitución a Carlos Andrés Pérez, muy complicado también. Entonces le vas quitando y quitando algunos contrapesos o algunos controles por vías, además arbitrarias. Ese proceso de destitución también fue muy problemático.

Entonces, ya no creemos en los partidos, ya no creemos en los presidentes, y por otro lado, el Ejército empieza a actuar de una manera arbitraria. Y también hay gente que cree que tienen que sacar a la contraparte. Es muy complejo.

L.S.V. Cuando Chávez ganó no era claro que fuera a convertirse en un dictador. ¿En qué momento se dio cuenta de que lo sería?

C.L. Chávez llega a la Presidencia con el apoyo de muchos empresarios, de muchísimos medios de comunicación tradicionales. Era una figura que se vendía muy progresista, muy interesante, muy carismática. Abierto, en teoría, a dialogar con todos los sectores.

Hablaba de un proceso constituyente muy incluyente, en donde todos iban a estar representados. Mucha gente se le acercó, también enamorado de esa posibilidad de construir un país distinto y decían que era el que podía liderar ese proceso.

Pero poco a poco la gente se va dando cuenta de que su proyecto, por un lado, es cada vez más personalista. Y él va apartando también a cualquier persona que pueda hacerle alguna oposición real.

Su forma de comunicación también empieza a ser muy confrontacional. Pelea con la mayoría de los medios de comunicación, con cualquiera que no esté de acuerdo con su proyecto y su visión política.

Todo el tiempo iba diciendo “nosotros vamos a hacer esto”, y lo hacían. Por ejemplo, cuando empiezan a hacer las “racias” en el sistema judicial —es decir, cuando sacaban a los jueces que en teoría eran corruptos— decían “vamos a limpiar” y la gente aplaude eso.

La imagen de Chávez con un pito en la boca diciendo “usted está fuera de lugar”, despidiendo a gerentes en cadena nacional, es muestra de que todo ha sido transmitido, además, por la televisión en vivo y en directo, y con un discurso que era como la lucha contra la corrupción que venía de toda esa herencia de “ustedes”, de la Cuarta República.

La sociedad venezolana avala eso, porque también Chávez era como el vengador que ellos estaban invocando. Todo eso fue con apoyo popular.

Usted puede decir “bueno, fue un dictador,” pero es que votaban por él millones de personas todos los años. Claro, ahí habría que hablar de los métodos también como el chavismo gana una elección una y otra vez, y la forma como el discurso era manipulado para también sostenerse en el poder después de haber modificado las instituciones.

La Revolución implica destruir lo viejo para construir algo nuevo. Y ellos prometieron eso también desde el principio.

Entonces decían que era una revolución bonita, que no iban a fusilar a nadie, pero fusilamientos simbólicos sí hubo. Fue un proceso de destrucción brutal, y lo que termina sucediendo es que no construyen algo. Venezuela quedó destruido, pero ellos realmente no construyeron como tal el proyecto.

Y ellos dirán “bueno, pero es que nosotros tenemos una visión a largo plazo, nosotros nos podemos echar unos 30 o 40 años, porque las revoluciones son así, son proyectos muy a largo plazo”. Pero han pasado más de 20 años, y el legado que queda es el desmoronamiento de un país, de su tradición institucional, democrática.

L.S.V. ¿Qué es lo que hace que Chávez seleccione a Maduro, que hasta él mismo pensaba que no era el indicado?

C.L. La última vez que Venezuela ve a Chávez en cadena de radio y televisión es cuando oficialmente el país lo escuchó hablar de Maduro. De que era un luchador social y político.

Yo creo que para Chávez fue tenaz darse cuenta de que ya se estaba muriendo, que no le quedaba otra opción que pasarle el timón a alguien. Chávez no aguantaba a nadie con un perfil de liderazgo propio y Maduro fue literalmente un cuadro revolucionario muy leal a su comandante. Alguien dispuesto a cumplir todas sus órdenes. Primero como constituyente, luego como parlamentario, y finalmente como canciller.

L.S.V. Hay teorías de que Maduro era el infiltrado cubano.

C.L. Yo no diría que era infiltrado. La formación política de Maduro es del Partido Comunista Cubano. Estuvo durante un tiempo en Cuba, en la escuela Julio Antonio Mella. Él está formado en esa tradición, y es de los de los aliados de Cuba, pro Cuba, de ese modelo político y económico. Entonces ahí no hay ningún misterio.

Obviamente, a los cubanos les interesaba más que Maduro fuera el sucesor, en vez de Diosdado Cabello.

Además, entre los militares siempre ha habido ese recelo de que bueno, chévere Cuba, pero nosotros somos militares venezolanos. Sí era más conveniente para los cubanos que fuera Maduro.

L.S.V. ¿Qué tanto de esa infiltración cubana es replicable en otros países?

C.L. Yo no soy ninguna experta en ese tema. Pero el General Antonio Rivero, que trabajaba en la Casa Presidencial desde muy al principio del gobierno de Chávez, identificó que los cubanos estaban desde la campaña de Chávez del 98. Pero qué tanto influyen en ese entonces, no lo sé, porque en ese entonces Chávez tenía también alrededor otras figuras que podrían de alguna forma también decir “es un asunto que lo manejamos los venezolanos”.

Lo que termina sucediendo, sobre todo después del 2002, es que esas figuras salen también del gobierno y Chávez sí se pega mucho más a Fidel y a la influencia cubana, y vienen ya entonces las misiones, que son un invento de Fidel.

La primera misión es la misión médica, en la que empiezan a mandar a los médicos a barrios populares. Dentro de las misiones también se dice que había algunos cubanos que realmente no eran médicos, ni entrenadores, ni maestros, sino que eran espías.

Entonces la mayor infiltración que ha habido ha sido en el sector de inteligencia. Y sí ha habido una intromisión directa en el tema de la reconfiguración de la Fuerza Armada Nacional, con asesoría del G2 cubano.

Y lo que es súper importante, que también marca el quiebre al interior de esa institución, es todo el tema de contrainteligencia militar. Porque ellos son los primeros que tienen más vigilados que cualquiera. A sus generales, a sus comandantes. Ahí todo el mundo está hiper vigilado.

¿Entonces la gente siempre pregunta por qué los militares no se rebelan? Pues porque están súper vigilados.

L.S.V. ¿Y cuál era el interés de Cuba para hacer eso? ¿Era por el petróleo?

C.L. No, yo creo que también hay un interés ideológico. Obviamente si tienes un aliado como Venezuela, que te puede dar barriles de petróleo subsidiado con unos descuentos increíbles, que eso te puede ayudar a ti para la calidad de vida, o una economía también arruinada como Cuba, pues perfecto. Pero no es lo único. La política sigue teniendo mucho peso.

L.S.V. Después de años de cubrirlo, ¿qué no entendemos en Colombia de Maduro?

C.L. Yo creo que aquí, y en todas partes, Maduro es un discípulo. Porque además creo que es una carta que él ha jugado muy hábilmente. Desde que Chávez lo nombró sucesor, él empieza con un discurso de que nunca quería estar ahí, que no quería ser presidente, y creo que es cierto.

Yo creo que él no quería. Pero poco a poco se va dando cuenta también que tiene unas oportunidades. Y hábilmente va asentándose cada vez más en esa silla, y empieza a sacar a otras figuras que le pueden ser incómodas.

Maduro ha sido muy hábil, también, con los militares. Sabe que ellos son su sostén, que en cualquier momento de protesta o de inestabilidad, o ante cualquier tipo de ataque que pueda haber, los militares son su retaguardia.

Entonces los dota con una cantidad de armas, pero también crea empresas con ellos. Los militares hoy en día tienen bancos, canales de televisión, aseguradoras, tienen de todo. Y él ha permitido que ellos tengan cada vez más poder, que controlen los ministerios más estratégicos como el de transporte, la alimentación, y a Pdvsa.

Mejor dicho, los militares hoy en día controlan casi todo, gracias al apoyo de Maduro. Y eso es como un acuerdo de: “yo te apoyo, pero tú me apoyas, y si yo caigo, tú caes también”.

L.S.V. ¿Y es a eso le atribuye que Maduro no se caiga?

C.L. No solo a eso. Creo que son varias cosas.

El chavismo tiene el control absoluto de todas las instituciones claves para permitir que se sostenga Maduro en el poder. No solamente la Fuerza Militar, sino también el Poder Judicial y los organismos de control.

Hay una cooptación de todas las instituciones clave que impiden un contrapeso, o incluso un proceso de revocatoria del mandato. La oposición nunca ha prosperado por la vía institucional. El Consejo Nacional Electoral lo ha controlado también durante años. Ahora existen algunos intentos de cambiar un poco ese equilibrio, pero es muy complicado.

La Asamblea Nacional, que era la institución que tenía la oposición, fue totalmente desconocida. Le montaron una institución paralela. Y cada vez que las figuras de oposición ganaban alcaldías o gobernaciones, o cualquier poder pequeño, pues ellos les montaban instituciones paralelas.

Henrique Capriles sale gobernador de Miranda, pero en muy poco tiempo aparece Elías Jaua como gran protector de Miranda. Ellos se las ganan todas.

L.S.V. ¿Cómo describiría el rol que jugó Henrique Capriles?

C.L. Él fue un fenómeno muy interesante, y hablo en pasado porque los niveles de popularidad que tenía Henrique Capriles se desplomaron. Y hay razones para ese desplome.

Pero yo alcancé a ver el mismo tipo de fervor, emoción, e ilusión, con la figura de él, entre millones de venezolanos que pensaron que sí era posible que le ganara a Nicolás Maduro.

Y sí, él tenía el empaque perfecto. Se desmarcó de los partidos tradicionales, hacía parte de una renovación política de la oposición, y de una oposición, además, que volvía a participar en un certamen electoral y jugar con reglas de juego desequilibradas, pero que querían buscar una salida electoral en vez de decir que no iban a elecciones, que fue una de las razones por las cuales el chavismo pudo ir ganando más terreno.

A Capriles lo apoyó muchísima gente, tiene el récord de votación más alto de un candidato de oposición venezolano.

Pero ¿qué pasa? Él compite contra Maduro. Esa noche los resultados no son claros, canta fraude e insiste en un reconteo total de los votos, ya que la diferencia total es menos del 1 por ciento y dice que no va a reconocer a Maduro.

Esa misma noche, la gente sale a las calles a protestar. Y yo creo que él ahí no entiende una lección, que creo que ningún político ha entendido, y es que la calle no la controla nadie.

Él no podía controlar las emociones de la gente. Primero convoca una marcha para reclamarle al Consejo Nacional Electoral, pero luego se echa para atrás y dice “por favor, no vayan a esa marcha, porque lo que puede haber aquí es una matazón en el centro de Caracas”.

La gente dice “¿Cómo así?, usted nos dijo que íbamos a dejar hasta el pellejo, que teníamos que defender nuestro triunfo. Y luego se echa para atrás”. Eso no se lo perdonaron.

Y en medio de este ideal de héroe, muy machista también, de la política venezolana, alguien que se echa para atrás así en un momento donde hay casi una victoria, pues lo consideraron un traidor. Un cobarde. A él lo bajan del pedestal de la política venezolana, y nunca más logra montarse.

Luego viene como un golpe de Estado dentro de la misma oposición, porque surge Leopoldo López nuevamente como el héroe del momento, y ahí viene el quiebre al interior de la oposición venezolana, que también es parte del problema.

Ellos nunca han tenido una propuesta unida, porque además son muy distintos.

L.S.V. Habla en su libro de una fractura entre dos países. ¿Es una fractura que creó el chavismo?

C.L. Es una fractura que creó el chavismo, y el momento de quiebre es el 11 de abril del 2002, cuando le hacen el golpe de Estado a Chávez.

Pero era algo que se venía construyendo, y que hace parte de esta lógica de la polarización, que una versión de la realidad empieza a ser totalmente distinta y además irreconciliable con la otra.

Empiezas a ver dos países muy distintos, que interpretan además los hechos según sus propios lentes y su propia visión, y no pueden dialogar. No hay ningún punto de encuentro, ni de contacto. A mí me impactaba mucho que eso fuera así.

Ese día (11 de abril de 2002) se hace evidente que son dos países totalmente diferentes y enfrentados. Por un lado está la revolución, y por otro lado, está la República. Unos hablan del pueblo, y otros hablan de ciudadanos. Son dos visiones totalmente diferentes, exacerbadas por la misma lógica de la polarización, y se van volviendo cada vez más extremistas.

Dentro de la oposición encuentras gente muy de ultraderecha, que tiene una visión totalmente desconectada de la realidad, como lo puede tener el sector más extremo del chavismo.

Es cierto que en el medio de esa grieta hay un montón de gente que no va ni para un lado ni para el otro, pero los extremos siempre son alarmantes. Ellos fueron rompiendo ese país por dentro, porque ahí se rompieron muchas familias, se rompieron noviazgos, se rompieron empresas por diferencias políticas.

Esa fractura ideológica, de visión del mundo, esa forma de interpretar la realidad, ha hecho mucho daño y termina también destruyendo al país de otra manera.

Algo que pensé que no pasaba aquí en Colombia, y ahora he sentido muchísimo, ese mismo tipo de reacción tan radical.

L.S.V. Cuando Maduro ganó en abril del 2013, cuenta cómo la gente que se le oponía sentía que tenía que tomarse las calles. ¿En qué momento surge la calle?

C.L. El tema de que hay que salir a las calles porque no queda otra opción sucede esa noche en que Capriles pierde la elección contra Maduro y grita fraude.

Sucede los días después. Hubo varios muertos, muchas protestas, hubo represión. No solo en Caracas, en Barquisimeto, por ejemplo, fue muy fuerte. Pero queda la sensación de que salir a la calle es muy peligroso. La reacción y la represión puede ser muy dura.

Dentro del sector de Capriles estaba esa cosa de que su lucha era pacífica. Era una lucha por la vía institucional, iban a ir a las instituciones, tanto locales como internacionales, a defender el triunfo. Entonces, él todavía cree que es posible hacerlo a través de las instituciones venezolanas.

Pero también empieza a ver, muy rápidamente, que esas instituciones no son un árbitro imparcial, ni el Consejo Nacional Electoral, ni el Tribunal Supremo de Justicia, donde iba a hacer su reclamo, ni la Fiscalía General de la Nación. Ahí yo creo que la gente también empieza a decir que no quedaba de otra, tenían que salir a las calles a manifestarse, a protestar.

Y ahí es cuando surge, dentro de la misma oposición, la salida impulsada por Leopoldo López, María Corina Machado y José Antonio Ledezma, que se alejan de él.

Y eso estalla también. El 12 de febrero empiezan las protestas del 2014. Son los estudiantes, los jóvenes los que empiezan a protestar, sobre todo en el Táchira y en la región fronteriza con Colombia, Táchira y Mérida, en la zona andina.

Estas protestas luego llegan a Caracas y terminan siendo tres meses de protestas muy fuertes, de represión. Todo el tiempo.

Yo veo la Primera Línea aquí, y toda esta idea de lugares tomados, zonas de resistencia, y de crear barricadas en las calles, en Venezuela se llaman guarimbas, es exactamente lo mismo.

Y así como aquí hay Primera Línea, ellos tenían grupos de guarimberos élites, con los escudos también cortados. Yo veo las imágenes de ahora en Colombia, a la luz de lo que yo vi en el 2014, y estoy viviendo en un déjà vu.

Había “hospitalitos” clandestinos en esas zonas que ellos controlaban. Es como la misma situación, pero que no llega a nada. Porque esas tomas de calles, esas protestas, lo único que dejan es 43 muertos en 3 meses. Nuestra cifra es más alta, vamos en más de 50 en un solo mes.

Aunque en Venezuela las protestas fueron fuertes. Hubo cientos de heridos y miles de detenidos con procesos judiciales, acusados también de terrorismo, daño, afectación. Y el discurso del gobierno en ese entonces era, “el líder que está convocando a esto es el principal líder de la oposición, un líder que es populista, que reivindica la calle, que habla muy bonito, que sale a decir que nuestras protestas son pacíficas, que nosotros no estamos saliendo aquí a destruir el país”. Y le abren a López un proceso judicial sin ningún tipo de prueba, ni nada.

La forma como funcionaba era que a partir de los discursos políticos incriminan a los líderes. Y a Leopoldo López lo acusan de ser el cerebro detrás de toda la protesta.

Yo veo la forma también como aquí lo ponen como Gustavo Petro y el paralelo en el manejo del discurso, injuriando, diciendo que aquí hay una conspiración para desestabilizar el país, que es una conspiración que además viene apoyada desde el exterior.

L.S.V. ¿Un espejo?

C.L. Yo veo un espejo. Es como agarrar el discurso de esa época y ver cómo todo fue presentado y armado, y la forma como aquí se está presentando y armando también esa idea de que es una gran conspiración contra el gobierno. Y además la manera como están reprimiendo y respondiendo, como han criminalizando también la protesta. Es muy similar.

Además en ese momento, ellos decían también que los que manifestaban en Venezuela, los entrenaron los paramilitares colombianos. Es increíble.

L.S.V. Usted le dedica todo un capítulo a la guerra económica de Maduro. ¿Qué tanto hay de cierto?

C.L. A finales de 2002, que viene el paro petrolero, sí hay un pulso muy bravo de los sectores económicos para parar el país y hacer que Chávez se caiga. Y nuevamente, subestimaron a Chávez. Después, todo este sector económico va quedando de alguna forma presa del gobierno y de sus mecanismos de acceso y control a divisas.

Ellos tienen superintendencia para todo y saben exactamente qué camión está circulando de tal bodega a tal bodega, y a cuál supermercado. Entonces, a mí ese cuento de que hay una gran conspiración por parte de los sectores económicos y las empresas para hacerle la guerra económica a Maduro, cuando ellos ya tienen ese nivel de control y han expropiado una cantidad significativa de empresas y han logrado casi que estatizar la mayoría de la economía, me parecía muy sospechoso.

L.S.V. Mucha gente piensa que en Colombia no va a llegar el famoso castrochavismo porque aquí no dependemos tanto del petróleo. ¿Usted cree que eso es posible?

C.L. Yo lo que creo es que aquí hay mucho miedo y Venezuela se ha convertido no solamente en el caballito de batalla de muchos políticos en Colombia, sino del resto del continente.

Yo no tengo la respuesta exacta sobre si puede pasar aquí, pero lo que sí puedo decir es que somos países totalmente distintos. Pero el mayor problema es el tema institucional.

Cuando se empieza a romper un hilo, la gente también pierde la confianza en los partidos, en los liderazgos. Es ahí donde puede aparecer de la nada un populista que diga que va a cambiar todo y salvar la patria, que fue lo que hizo Chávez, y puede ser de derecha o de izquierda porque el otro espejo perfecto es Bolsonaro en Brasil.

O tienes a Bukele en El Salvador, un tiranito tuitero que está todo el día cometiendo atropellos por ser populista, pero es también de ultra derecha, entonces la ideología no te garantiza absolutamente nada.

L.S.V. Hablando de la desinstitucionalización, usted cuenta cómo gradualmente el chavismo comienza a debilitar el sistema judicial.

C.L. Como ya lo mencionaba antes, existía una sensación de que en Venezuela había mucha corrupción, mucha impunidad.

Era un país injusto y Chávez promete cambiar eso. Y una de las cosas que pasan, por ejemplo, es que los jueces no se pueden agremiar, no se pueden defender. Eso queda prohibido dentro de la constitución.

Entonces, cuando empiezan a sacar a una cantidad de jueces con esa limpieza que hacen y les salen procesos, no tienen ellos tampoco una forma de defenderse, y se cometen muchos atropellos.

Otra cosa que facilita todo eso también, es que muchos de los jueces y fiscales son provisionales, o sea, en cualquier momento los pueden remover de su cargo. El tema de la provisionalidad facilitó que eso sucediera de una manera express.

Luego ellos empiezan poco a poco a politizar también la justicia. Muchos de los jueces y magistrados hablaban de jueces de rojo, “rojito”, militantes abiertamente del PSUV. Algunos de ellos habían sido también en algún momento miembros del partido. Y hay mucha corrupción también en el sector judicial.

Entonces hay una serie de factores que empiezan a acumularse, y Chávez, después del golpe del 2002, busca un enfrentamiento directo con las cortes.

Hay una reforma que es clave y es cuando ellos meten lo que la magistrada Mármol llama la aplanadora chavista: hacer una reforma para meter 32 jueces dentro del Tribunal Supremo, entonces amplían el número. Había ese mismo temor con Trump, que inundara con una cantidad de jueces que fueran de una parcialidad política específica.

En Venezuela se alteró también el equilibrio, porque el número de jueces favorables a ellos cambió, y nuevamente lo dijeron públicamente.

Y luego viene el tema del miedo. Porque siempre está la amenaza de que no es solamente que te sacamos del trabajo, sino también puedes ser encarcelado, como le sucedió a la juez María Lourdes Afiuni, que terminó encarcelada con las mismas personas que ella condenó en un momento dado, en una cárcel de mujeres. Además es abusada y torturada. Le pasó de todo.

Todos esos factores terminaron incidiendo en que la justicia fuera cada vez más injusta.

L.S.V. Esa misma cooptación ocurrió con los militares.

C.L. Sí. Chávez desde el primer momento dijo: “yo quiero construir este gobierno con mis militares”, porque además él venía de las filas. Entonces en el Plan Bolívar 2000, muy al principio de su gobierno, Chávez dijo los militares ahora van a empezar a construir edificios y carreteras, y a participar en una cantidad de actividades que no eran simplemente velar por la seguridad nacional.

Y ese plan fracasó, entre otras cosas, porque los militares empiezan a hacer negocios truchos, empiezan con sus corruptelas de entrada.

Ese plan se cierra. Pero, yo creo que ahí queda esa semillita sembrada y los militares siguen haciendo negocios, son contratistas del Estado, aunque eso está prohibido. Y bueno, dejan que hagan sus corruptelas y en el momento que necesitan controlarlos los perjudican por ahí.

En Cuba pasa exactamente lo mismo con los militares. En el momento en que ellos tengan que sacar un alto oficial de la Marina, lo vinculan con un proceso de drogas, con un proceso de importaciones ficticias. Y en Venezuela han adoptado la misma técnica.

L.S.V. Usted se pregunta, volviendo a los ciudadanos, ¿es esto una guerra? En qué momento comienza a sentir que lo es?

C.L. Para mí el momento de mayor angustia, miedo, o desconcierto, fue durante las protestas del 2014 que yo llego a ciudades como San Cristóbal y Mérida y había bloqueo total de algunas avenidas, zonas totalmente controladas por estos guarimberos, vigiladas.

Ellos tenían unas radios, hacían rondas de patrullaje, tenían inteligencia, armaban sus cócteles molotov, pero también sus “miguelitos”, unas mangueras que llenaban de puntillas y tachuelas y cosas así. Fue impresionante.

Cuando llegué a San Cristóbal, por una de las avenidas los postes de la luz estaban totalmente doblados, para que los carros no pudieran pasar, árboles también tumbados, atravesados en las calles para que nadie pudiera entrar. Y había una rutina: se preparaban cada noche para enfrentarse en Caracas, en zonas como Chacao o en la Plaza Altamira. Y había también hospitales clandestinos, sobre todo en el Táchira, y había como una sensación de “bueno, esto ya es una guerra civil”.

En ese momento era increíble ver la forma como circulaban en las redes sociales videos, fotos de toda la represión, de todo el abuso, de lo que se podría calificar como tortura. Entonces, por un lado tenías esta situación en las calles, pero también tenías lo que yo llamo el efecto Twitter. El desastre de versiones encontradas. De cosas que no sabías si realmente estaban pasando o no. Pero creo que fue muy importante que eso pasara también, porque gracias a todos esos videos y a todas esas fotos se desmonta la mentira oficial.

Y hay un capítulo que para mí es muy importante: cuento la manera como la unidad investigativa del diario “Últimas Noticias”, que era el diario más importante en Venezuela, el más leído, logra reconstruir todos esos hechos y probar que quienes disparaban contra los estudiantes, quienes dispararon ese 12 de febrero, eran agentes del gobierno, vestidos de civil sin identificación.

Lo logran documentar a través de las placas de las motos y otro tipo de evidencias, que son ellos los que están disparando contra los estudiantes y no como quería decir el gobierno que eran francotiradores, gente de la misma oposición que venía.

L.S.V. ¿Cualquier paralelo es una coincidencia?

C.L. Hay muchos paralelos. Realmente es impresionante.

L.S.V. La cooptación de los medios de comunicación, y su destrucción, fue impresionante. ¿Cómo comienza eso?

C.L. Chávez tiene una postura muy confrontacional en contra de los medios, de ir también minando la credibilidad de los medios.

Hay que decir que el comportamiento también de algunos medios de comunicación, sobre todo los medios tradicionales de Venezuela, fue ponerse en el papel de opositores. Entraron también en esa pelea que terminó siendo muy perjudicial para el periodismo.

Pero también el tema de la verdad fáctica, o sea, el tema de los hechos empieza a perder terreno versus la expresión de la realidad. “Bueno, mi verdad es ésta. Ah, bueno, pero mi verdad es esta otra”. Entonces depende de donde estés parado.

Pero no: hay unos hechos que son indiscutibles; durante el golpe de estado del 2002 hubo 19 muertos ese día en las calles. Eso no es que me parece o no me parece. ¡No! Hubo 19 muertos y quienes dispararon fueron estos. Lo mismo el 12 de febrero. Eso no es de opinión. Eso son hechos y punto.

Entonces en el periodismo también pasó eso. Y así como con la justicia, y con los militares, y los sectores económicos, eso fue evolucionando. Al principio fue una cosa muy confrontacional, de ir minando su credibilidad.

Luego empieza a suceder todo el tema de las demandas judiciales, las inspecciones, por ejemplo, de la oficina de impuestos a distintos medios de comunicación, o empezaron a utilizar ese tipo de instrumentos también para ir intimidando y cortando esos espacios.

Y luego viene también la retirada de las licencias, de canales de radio y televisión y finalmente las compras de medios por empresarios afines al chavismo, que hoy en día ni siquiera sabemos quiénes son. Y vas viendo también la transformación de la línea editorial.

Por ejemplo, esa unidad investigativa que destapa toda esa mentira oficial termina desapareciendo en menos de seis meses. Hay renuncias masivas. Y eso que en Venezuela hay sindicato de trabajadores de la prensa, y los periodistas eran mucho más insistentes en defender sus espacios de trabajo.

Ahí viene todo ese surgimiento de medios independientes, alternativos, que son chiquitos, y que son como bulbos que empiezan a brotar, pero que tienen un impacto también muy marginal, porque la mayoría de los venezolanos se informaba sobre todo a través de la televisión.

Además se suma a una pelea interna entre los periodistas que renunciaron y los que se quedaban trabajando.

Es un proceso muy triste. Y lo pinto con las figuras de dos personajes que a mí me parecen impresionantes: Teodoro Petkoff, que era un referente no solamente periodístico, sino político, y Eleazar Díaz Rangel, director de Últimas Noticias. Es el proceso de desmoronamiento de estos dos hombres, en paralelo al desmoronamiento también del país.

L.S.V. Sobre la deportación de los colombianos, hablemos de cómo se los llevaron.

C.L. A mí me parece ese el momento más fascista de todo el gobierno venezolano. A mí me agarra del lado colombiano afortunadamente. Yo ya estaba de este lado, y lo primero que hago es montarme en un avión a Cúcuta. Empecé a ver miles de personas cruzando el río, porque ya el puente estaba bloqueado con alambre de púas.

Empezó siendo el primer cierre de la frontera oficial entre los dos países, pero la gente salía como hormigas, por las trochas, cruzaban por donde podían y veías a la gente con el gallo en el hombro, el cochecito de bebé cargando al otro lado. Nunca he visto nada igual.

Tuvieron un desplazamiento masivo, con la Guardia venezolana del otro lado pintándoles las casas con una “D” de demoler a los que vivían en esos barrios de invasión. Es parte del discurso de esa guerra económica.

Fue construir también una imagen de que los colombianos eran los contrabandistas y los culpables de toda la guerra económica. Exacerbó la xenofobia a esos niveles, generando esta operación de deportación y de expulsión de miles de personas.

Algunos que llevaban más de diez años en Venezuela, casados con venezolanos. Y los colombianos que no son deportados, que no son expulsados, después de estas redadas en zonas de frontera, empiezan a venirse de otras ciudades, Valencia, Caracas, etcétera. Y cruzan la frontera huyendo del miedo, porque el temor era que los iban a condenar en la cárcel por ser culpables de contrabando. Muy, muy fuerte.

L.S.V. Ya para terminar, ¿Siente que ese temor que hay al castrochavismo aquí en Colombia es justificado?

C.L. Qué pregunta tan difícil. Yo no diría que hay un temor al castrochavismo, porque esa es una construcción artificial. Y se utiliza también como instrumento de miedo.

Pero yo sí le tengo mucho miedo al populismo, y a los líderes mesiánicos y a la forma como van transformando el entendimiento entre la gente y lo que se supone que es un gobierno, y lo que se supone que es un líder. Lo sacan de proporción.

Y esta idea de una democracia directa donde lo que importa es esa relación personal que estás teniendo con el líder porque las instituciones no funcionan. Que vamos a construir una democracia distinta, en la calle, con participación popular, etcétera.

Desconocen que hay una serie de normas de juego, de reglas y un andamiaje institucional que sirve precisamente también para ponerle riendas, pero controlar un poco esta idea de los proyectos que tratan de transformar también a los hombres, y que desconocen su naturaleza humana.

Esta idea del hombre nuevo o del hombre socialista. En Venezuela se hablaba mucho también de que había que transformar a los seres humanos, sacarles el chip del capitalismo y dejar de ser ambiciosos. Y todos esos discursos me parecen más peligrosos que cualquier otra cosa.

Entonces desconfío sobre todo de los de los hombres que se creen invencibles y además llevan sus propios rencores o propios traumas, quizás mal trabajados, como proyecto político.

Y la rabia, el resentimiento, el rencor, y sobre todo el miedo, son un caldo de cultivo muy, muy peligroso.

L.S.V. ¿Pero siente que estamos más cerca de eso hoy que hace cuatro años?

C.L. Puede ser, pero no sabría decirte.

Estamos peor que hace cuatro años. Sin duda. Pero que eso signifique que estemos más cerca de algo desastroso, tal vez, no sé decir cómo será en Colombia eso.

No creo que lo que sucede en un país se pueda replicar de maneras exactas. Que hay copias, similitudes, pues claro. Y las personalidades de líderes narcisistas, autoritarios, populistas, sí producen cosas parecidas en otro lado. Estamos mal, y creo que vamos a un lugar peor, pero no sé cuál.

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